A veces el monstruo salía de la cabaña y miraba hacia el oeste, donde se ponía el sol, como esperando algo.
Luego se metía otra vez y continuaba sus actividades de monstruo.
Enojado, repleto de rabia y tedio, miraba las sartenes y las ollas, los pimenteros y la fría hornalla.
Recordaba, casi con añoranza, el cadáver de su vieja víctima.
Hacía rato que habían quedado solamente los huesos y hacia poco menos que estos se habían transformado en polvo. El olor rancio había permanecido un tiempo. Luego también se había esfumado.
El monstruo ahora moría de hambre sin poder morir.
Aquél páramo era la última nota de civilización que había alcanzado un día, en su búsqueda de nada.
Ahora miraba la mesa, ahora la alacena que se iba llenando de tierra.
El monstruo salió una vez más afuera. Una nube verde y cambiante refractaba los rayos del sol y a veces el cielo adquiría tintes de locura. El monstruo no entendía eso.
Pasaron siete días más y el monstruo no hacía ni una cosa. Sólo mirar las ollas y la cama. No sabía barrer el piso, no podía ordenar la casa.
Finalmente decidió morir. Cerró la puerta, cerró la ventana, se acostó en la cama vencida y esperó.
Pero la muerte no llegaba.
Luego se metía otra vez y continuaba sus actividades de monstruo.
Enojado, repleto de rabia y tedio, miraba las sartenes y las ollas, los pimenteros y la fría hornalla.
Recordaba, casi con añoranza, el cadáver de su vieja víctima.
Hacía rato que habían quedado solamente los huesos y hacia poco menos que estos se habían transformado en polvo. El olor rancio había permanecido un tiempo. Luego también se había esfumado.
El monstruo ahora moría de hambre sin poder morir.
Aquél páramo era la última nota de civilización que había alcanzado un día, en su búsqueda de nada.
Ahora miraba la mesa, ahora la alacena que se iba llenando de tierra.
El monstruo salió una vez más afuera. Una nube verde y cambiante refractaba los rayos del sol y a veces el cielo adquiría tintes de locura. El monstruo no entendía eso.
Pasaron siete días más y el monstruo no hacía ni una cosa. Sólo mirar las ollas y la cama. No sabía barrer el piso, no podía ordenar la casa.
Finalmente decidió morir. Cerró la puerta, cerró la ventana, se acostó en la cama vencida y esperó.
Pero la muerte no llegaba.
Comentarios
Publicar un comentario