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Mostrando entradas de agosto, 2019

Prioridad de muerte

Y entonces vinieron de a muchos para mirarlo morir. Y mientras moría, el veía que lo miraban. Y cuanto más lo miraban, él más quería morir. Presa del terror, puso sus ojos en blanco, con la esperanza de acelerar la descompensación.

Bolsillos

- Había un gordo en una avenida que me espiaba. Pero cuando yo me daba la vuelta, él ya no estaba, porque se escondía. Era justo cuando me metía en la casa del viejo, a chuparle la sangre mientras dormía. Él no se daba cuenta. Yo le chupaba y me iba. Y cuando salía, el gordo ya no estaba.  - Bueno ¿Y ahora qué?  - Creo que tenemos que meternos en ese restaurante chino.  - ¿Te parece?  - Sí, es lo que sigue.  - ¿Y luego qué?  - Vos comés. Yo mato a alguien  - Podrías no hacerlo hoy.  - Vamos, hay que comer un poco.  - Bueno, ¿pero podrías quedarte en la mesa un rato mientras como?  - No veo por qué no. Pero después tenés que irte.  Entraron y eligieron una mesa junto a la ventana. Él pidió cerdo agridulce. Ella no pidió nada.  - ¿Alguna vez tuviste noticias del gordo?  - No. Pero cuando me mudé todavía me seguía. Seguro que sospechaba.  - ¿No te preocupa eso?  - ¿Qué? ¿El gordo?  - Sí....

Paquete

15:15 El ninja llega desde el éste por el camino de piedras, pasa por una calesita, se sienta en un banco, tantea debajo y encuentra un paquete adosado con cinta. La madera está húmeda, la cinta se despega fácil. Hay un chicle, lo roza con los dedos enguantados. El ninja mira el paquete un rato, luego un colectivo pasa por la calle, haciendo ruido, ocultándolo de la vista y el ninja ya no está más. 15:30 El cielo sigue nublado. Aparece un hombre gordo que revisa trabajosamente debajo del banco. Al no encontrar el paquete, se pone de pie, se arregla el pantalón y mira nervioso para todos lados. Alguien pasa cerca, le escucha decir por lo bajo: - ¡Pero la puta!

Gato Viejo

Entonces le pregunté al tendero si el gato era suyo y me dijo que no. Ante mi insistencia, comenzó a molestarse. - Es un gato viejo -dijo sin una pizca de humor- Hace días que ronda el vecindario y hace dos que eligió mi ventana como guarida. No sé de donde ha salido. - ¿Por qué no le ha preguntado? - No sea zonzo -dijo el tendero de mala gana- Ya le he dicho que es un gato viejo. No es seguro que responda y, si lo hace, todo lo que diga serán sandeces. Uno sólo puede esperar que le sobrevenga la muerte o decida marcharse. - Entonces -arriesgué- si no es suyo podré llevármelo. - Puede intentarlo. Si lo convence es todo suyo. Así que me despedí del tendero, me calcé la galera y salí fuera a intentar convencerlo.

Batata

Nunca se esperó que la batata le hablara, pero la batata habló.  - Tené cuidado –dijo.  Rogelia gritó y tiró un plato al piso.  - ¿Pero qué hacés, boluda? –exigió saber la batata.  Rogelia siguió gritando y, al salir corriendo, gritó mucho más.  - ¡Pero pará, escandalosa! –exclamó la batata.  Mientras, los gritos iban llenando la casa.

Hormiga

En una hamaca, una hormiga devoró a otra y se sentó a pensar.  Con mirada ausente, se preguntó qué había hecho, qué significaba haber devorado a su compañera.  La hormiga, ante todo, era una hormiga. No podía responder semejante pregunta, así que siguió caminando.

Todo se Aprovecha

- Tu mujer se está desangrando en el piso. Voy por la procesadora.  Ricardo trajo la máquina y empezó a cortar gajos de mi mujer y a echarlos en la cuchilla. Le puso nivel 5, para que se hiciera rápido. Al poco quedó una masa cremosa y roja. Parecía salsa.  Llenamos un frasco de mermelada y luego otro. Los fuimos guardando en la heladera. Los huesos se los dejamos al Chicho, que quedó contento y moviendo la cola.

Termotanque

Ella era adicta al termotanque. No sólo gustaba de bañarse con agua hirviendo. También abría la canilla del desagote y se tomaba el agua. Ella soñaba con formas cilíndricas y válvulas y llaves de paso, con la corona de fuego, con chimeneas incompletas.

La Marea de Monos

El chamán vio cómo la marea de monos se acercaba hacia él y lo único que hizo fue meterse en la barcaza y atrancar la puerta. Adentro había una de esas vacas que habían pasado a ser humanas, aunque todavía hacía “mu” de vez en cuando.   - Ya se viene.  - ¿Y qué vamos a hacer? –preguntó la vaca, y mugió.  - Esperar que pase, como siempre.  La marea de monos llegó y azotó la nave. Contra el casco rebotaron mil cráneos de monos y hombros de mono, y piernas de mono. Los chillidos se hicieron ensordecedores. Se tapó los oídos. No importaba cuanto lo resistía, siempre terminaban ganando. La vaca humana permaneció inmutable, mirando la nada. Cuando todo terminó, dijo: - Ya te podés sacar las manos de las orejas. El chamán lo hizo con sospecha. Nunca se podía estar seguro. - Mierda, y eso que falta un mes para el cambio. Se quedó en silencio mientras su cuerpo se orientaba.  La vaca se levantó y caminó hacia el ojo de buey. - Los monos aún no se retir...

Mostro

Una vez tuvo el monstruo encima, Victoria se relajó.   - Ah –dijo- siempre que llego de casa y me baño, necesito tener éste mostro' encima.  Virginia miró a su novia, o al menos lo que se podía ver bajo esa capa peluda. Si hubiera visto su cara, hubiera visto la incredulidad reflejada.  Se dio vuelta y apagó el velador.  - No te enojes.  Virginia no dijo nada.  A Victoria no le gustaba que se enojara, pero menos no tener el monstruo encima.  Eran las doce. Virginia fumaba en la cama. En el umbral apareció Victoria, atándose la bata.  - ¿Ya está? –preguntó Virginia.  - Sí, ya. ¿No hay nada para comer? Tengo hambre  - En la heladera tenés unos omelettes.  - ¿Los calentamos?  - Yo no tengo hambre.  Victoria se apoyó en el marco de madera.   - Te pasa algo –afirmó.  - No, nada. - ¿Tenés celos del mostro?  - ¿Del mostro'? No. De que mi novia lo primero que haga sea meterse en la bañera ...

La Pared

Viene una época del año en que uno se siente deprimido, mete la mano en una pared y la atraviesa. Ahí puede sentir el tacto sólido de los ladrillos huecos y la arenilla del cemento que se desliza alrededor de los dedos.   - ¿Qué estás haciendo? -preguntó mi mujer.   Llevaba un canasto para ropa. Seguramente se dirigía al lavadero. O tal vez venía de allí.  Yo no le respondí. La miré, sí, pero volví a mirar la pared. En realidad, no podía resistir perder la vista y el resto de los sentidos en el tacto.   Se acercó con el canasto, metió la mano al lado de la mía. Por un momento nuestros dedos se rozaron, generando una tensión erótica, casi sensual, pero luego los suyos perdieron interés y se dedicaron a explorar las concavidades y rugosidades del material, el polvo rojo mezclado con el cemento endurecido.   - Siempre se siente bien -dijo con placer.  - Si - dije yo.  Permanecimos así un tiempo, relajados en el interior del ladrill...

Las Milanesas y el Oso.

El mostro abrió la puerta de un golpe, dejó la valija en la mesada y arriesgó.   - Seguro que estás haciendo esas milanesas otra vez secas ¿no? Dejá, no hagas nada. Nos vamos al parque. Ahí está el oso.   - Pero son las dos de la mañana  - ¿Y? Soy un mostro ¿no lo ves? A los mostros les sienta bien el parque a las dos de la mañana. Y si hay un oso mejor.

Mono y Viento

- Retiramos al mono del zoológico porque no nos gustaba ni un poco.  - ¿Es verdad que comía personas? - No, pero lo encontramos varias veces mirando fijo. - ¿Cómo reemplazarán al mono? - Traeremos conejos de la India. Estos conejos están amaestrados y ya nos dijeron que su hábitat no les gusta nada. Así que ya firmamos contrato. - Pero… - Eso es todo. El secretario se bajó entonces del estrado y desapareció por una puerta marrón. El enjambre de periodistas enloqueció, pero era una locura temporal. Una vez en la terraza, Jorge se sintió golpeado por el viento. Qué injusticia, había pagado el impuesto al viento en término, no debería comportarse de esa manera. Subió al helicóptero, donde el viento no tenía jurisdicción y le ordenó al piloto que volara. Un tema jodido lo del mono. Había salido en los diarios. Los sueldos de los cuidadores habían sido reducidos convenientemente. Quien fuera que hubiera hablado ya tendría su justicia.

El tentáculo

El persona se acercó al lago con premura.  Al escucharse el chapoteo, un tentáculo emergió.  El persona se asustó rolentamente y miró, indiscreto, los placeres de Manigna.  Cayóse al piso como el tentáculo se acercaba. Se intentó arrastrar fuera de su alcance, mas el tentáculo bajó con ansia, se enrolló en un periquete y tiró.  El persona sintió como se le presionaba la pierna, cómo el tejido viscoso y resbaladizo se le iba encastrando en la pata, al menos hasta que los nervios fueron destruidos.  El tentáculo siguió haciendo presión hasta que las piernas fueron separadas del resto del cuerpo. El persona gritó. La sangre empezó a manar, manchando la grana que rodeaba al lago.  El tentáculo, desaparecido, no dio muestras de querer salir de nuevo.

Chumbo

Anastasia entró del baño, sacudiéndose la enagua.  - A ver qué mierda che –decía- ¡Eh, vo! ¿qué ha…?  Pero el berro no la dejó terminar.  - Mokka –dijo.  - Ah, moka. Ya no hay. Ahora tomátela, ante que te cague' a tiro.  Anastasia rebuscó en un cajón atrás de la barra.  - Acá está el chumbo. Rajá.  Anastasia empezó a disparar sin apuntar. El berro empezó a correr como poseso. Atravesó la puerta.

Bollos

Alberto comía bollos en la cocina.  Y no podía parar de comerlos. Quería. Estaba en toda su intención, pero no podía. Como el pibe que no puede detener la compulsión por nebulizarse aunque no sea necesario, por tener una pipeta pegada a la napia y aguita en el mentón, a Alberto le era imposible dejar de masticar y paladear la miga, que bajaba por su tracto digestivo y se apelotonaba en su estómago.  Tenía una jarra de agua. Con harto esfuerzo, lograba beber, pero no podía dejar de llevarse bollos a la boca.  La ventana estaba abierta. Afuera se escuchaban pájaros, tacos y voces de gentes que pasaban conversando.  - ¡Ayuda! –exclamaba, pero sólo le salía una voz finita, parecida al ruido de un clavo sobre un papel de lija.  Y nadie escuchaba. Y la garganta se llenaba de masa, a veces blanca, a veces negra.

La Mala

Cecilia se acerca a la barra con un gallo vivo en la mano. Se lo tiende al barman y le corta el pescuezo. La sangre lo salpica todo.  - Esto es para la mala. A vos te va a venir la mala. Y a todo el que pise éste piso, que no es nuevo.

El Mono Moro y la Lata

Un mono moro subió al coro con una lata.  Dijo:  - En ésta lata tengo habichuelas, pero no las puedo ver.  Y se quedó mirando a lontananza, confundido. Los del coro se lo quedaron mirando.  El mono pareció recomponerse. Sacó su espada y se volvió hacia los coristas.  Se mostró dubitativo por un momento, luego empezó a arremeter contra los presentes. La sala se llenó de gritos, de sangre, de muerte. El mono siguió matando sin soltar, en ningún momento, la lata.  Luego de rato, indiferente a los gritos y a la sangre pero no a la duda, perdió interés en la matanza y la espada descansó en su hombro. Su mirada se volvió a perder.  Se sentó cuando sus rodillas se quejaron del peso.  Miró la lata. Y frunció el ceño.

Tetas

- Chupar mis tetas es como chupar todas las tetas. –sentenció Claudia. Lucía contempló sus tetas un rato, pero luego la vista bajó a lugares más interesantes. - Convengamos que de culo tampoco venís tan mal. Claudia arqueó las cejas. - Creí que discutirías. Diciendo algo como “Tus tetas son como las de cualquiera.” - Tus tetas son tus tetas. El conejo apareció en la puerta y se acercó al colchón. Claudia le pasó una mano por el pelo. - ¿Qué le pasa al conejo? –preguntó Lucía. - Debe tener hambre. Lucía miró un momento al animal. - Le voy a dar la lechuga –dijo y se puso en pie. Claudia vio aquel culo alejarse. Luego el conejo siguió sus pasos.

Hermana

- Escucháme, Griselda, ¿te estás volteando a tu hermana? - ¿Pero cómo se te ocurre? - “Como se te ocurre” nada. Contestáme, ¿querés? ¿Te estás volteando a tu hermana sí o no? - Bueno… sí. ¿Y qué? - ¿Cómo “y qué”? Es tu hermana, carajo. ¿Cómo podés hacer algo así? - Yo hago lo que quiero. ¿A vos qué te importa? Te ví con Verónica. - Verónica no es mi hermana. Lo tuyo no es normal. - No me importa. - ¿Ah no? ¿Y cuando la gente se entere? - Que lo sepa, ¿qué me importa? - ¿Qué va a decir tu padre? Que te llevé por cosas raras - Bueno, te acostás con Verónica. - Acostáte con un tipo, si querés. O con una tipa. - Pero no con mi hermana. - No. - Eso es discriminación. - Por favor, pensálo. Yo me voy. - Sí. Andá con Verónica. Ella no se acuesta con su hermana, seguro. - Mirá… No. La mayoría de las minas podrán ser unas turras pero no se acuestan con sus hermanas. Y no me voy de Verónica. Lo último que me falta ahora es otra mirada de conejo. - ¿Y donde vas, entonces? - ¿Q...

Discusión.

- ¡Es por culpa de esa mermelada de mierda que comés! No tenés que comer de esa mermelada, de la otra tenés que comer. ¿No te das cuenta? Esa mermelada te hace mugrienta.  - ¿Pero de qué estás hablando, mamá? Si en casa somos todos vampiros  - Estoy ensayando una obra de teatro, así que cerrá la jeta.  - ¿Pero qué obra de teatro, ma, si…?  - No te interesa. Bueno, sí, yo escribí la obra. ¿Y qué? ¿No puedo?  - ¡Pero si no tiene sentido!  - Es una analogía, tarada.  - Estás hablando como Suar.  - Calláte. La mermelada vuelve mugrienta a la protagonista.  - Mamá, pero si la mermelada no es un punto de referencia válido de pulcritud o suciedad. Y tampoco, si es lo que buscas, una referencia de clase.  - Vos porque no entendés mi proceso creativo. No entendés el arte, la interpretación.  - ¿Pero de qué proceso…? No, dejá. Es mucho para mí. Me voy a la calle que ya es de noche.  - ¡Pero sí, andá a la noche, trastornada! ...

Voz Robada

Intentaba gemir, pero no podía. Algo o alguien le había robado la voz. Las embestidas de Miguel seguían dando en el blanco y hacían su trabajo bastante bien. Su cuerpo nadaba en el éxtasis, pero su cabeza había sido invadida por el terror. No podía gemir. Intentó hablar. Miguel estaba por acabar. Los gruñidos de él se hacían más intensos, más salvajes, pero ella, nada. Tanto que Miguel, aunque dominado por la lujuria, nadando ya en un lago de esperma a punto de derramarse, percibió que algo andaba mal. Terminó, eso sí. Un chorro caliente, tal vez dos, se perdieron en el fondo del útero. Abrió los ojos y vio los de ella, llenos de horror. La agarró del brazo. - ¿Qué pasa? –preguntó desesperado. Pero no hubo respuesta. Sólo un intento ahogado por el más absoluto mutismo.

En la carretera rota.

La carretera estaba bastante rota. Jona caminaba un poco sin rumbo y un poco con rumbo imaginario.  Al llegar a la ciudad, encontró un asno parlante en la avenida que doblaba hacia el éste, porque en la otra dirección había una ferretería. El asno hizo esas cosas de asno.  Intentó montarlo y recibió un golpe.  Se levantó y miró al asno, que se alejaba, desapareciendo de su vida para siempre.  Dio un paso adelante. Y metió el pie en una grieta.

Ser Contrariado

- ¡Por una vez, en una de esas, por una vez! –gritaba el señor extraterrestre evidentemente ofuscado. La niña lo miraba sin decir nada, esperando que su cabezota explotara. No porque le tuviera bronca, sino porque le gustaba la idea de hacerlo. Las cosas explotaban de vez en cuando y a veces había fuego. Que más daba que aquella cabeza verde, recubierta de vello apenas, estallara sin más.  El ser se dio la vuelta, escondiendo la faz entre sus manos. Se sentían los sollozos, por más que quisiera ocultarlos. La niña sólo miraba. No había sentimiento que la conmoviera.  El verde sollozaba, preso de la frustración.  - ¿Y qué voy a hacer ahora? –exclamaba en perfecto lenguaje común- ¿Pero qué voy a hacer?  La niña no tenía respuestas.