Después de romperle la cabeza y beber su jugo, las brujas se sentaron fuera. Una era joven, la otra vieja. Las dos se chupaban los dedos. - Uh, rico. - Si, rico. - ¿Habrá otro? - No sé. Habrá que ver. - Sí, pero yo no salgo. - Ah, yo tampoco. - Es mejor que esperemos. Al cabo de un rato, una se levantó y dijo: - Bueno, voy yo. Tomó el báculo, empezó a alejarse por el sendero. - Traé uno flaco -dijo la que se había quedado sentada. Pero no supo si la otra la oyó. De todos modos, pensó, lo podían guardar para el otro día. Se levantó y subió los escalones hasta la casa. Ahí dentro, en una mesa de madera, atado de pies, manos y torso, se hallaba el cadáver. Pero era muy grueso. Se lo quedó mirando y luego desistió. Necesitaba ayuda. - Que se vaya a la mierda -dijo- Después que me ayude ella. Y volvió a salir, esta vez rumbo al baño.
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