Alberto comía bollos en la cocina.
Y no podía parar de comerlos.
Quería. Estaba en toda su intención, pero no podía. Como el pibe que no puede detener la compulsión por nebulizarse aunque no sea necesario, por tener una pipeta pegada a la napia y aguita en el mentón, a Alberto le era imposible dejar de masticar y paladear la miga, que bajaba por su tracto digestivo y se apelotonaba en su estómago.
Tenía una jarra de agua. Con harto esfuerzo, lograba beber, pero no podía dejar de llevarse bollos a la boca.
La ventana estaba abierta. Afuera se escuchaban pájaros, tacos y voces de gentes que pasaban conversando.
- ¡Ayuda! –exclamaba, pero sólo le salía una voz finita, parecida al ruido de un clavo sobre un papel de lija.
Y nadie escuchaba. Y la garganta se llenaba de masa, a veces blanca, a veces negra.
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