- Había un gordo en una avenida que me espiaba. Pero cuando yo me daba la vuelta, él ya no estaba, porque se escondía. Era justo cuando me metía en la casa del viejo, a chuparle la sangre mientras dormía. Él no se daba cuenta. Yo le chupaba y me iba. Y cuando salía, el gordo ya no estaba.
- Bueno ¿Y ahora qué?
- Creo que tenemos que meternos en ese restaurante chino.
- ¿Te parece?
- Sí, es lo que sigue.
- ¿Y luego qué?
- Vos comés. Yo mato a alguien
- Podrías no hacerlo hoy.
- Vamos, hay que comer un poco.
- Bueno, ¿pero podrías quedarte en la mesa un rato mientras como?
- No veo por qué no. Pero después tenés que irte.
Entraron y eligieron una mesa junto a la ventana. Él pidió cerdo agridulce. Ella no pidió nada.
- ¿Alguna vez tuviste noticias del gordo?
- No. Pero cuando me mudé todavía me seguía. Seguro que sospechaba.
- ¿No te preocupa eso?
- ¿Qué? ¿El gordo?
- Sí.
- Fue hace mucho. Ya debe haber muerto
- ¿Y nunca te preocupó que sepa?
- ¿Y qué iba a hacer?
- No sé. Seguirte.
- Bueno, tal vez, pero no hubiera cambiado nada.
- A mí me hubiera dado curiosidad.
- ¿No comés? Me está dando hambre.
Javier no había terminado, pero igual dejó que se fuera.
Luego se tomó su tiempo con el sake, pagó y se fue.
Mientras caminaba hacia la puerta le pareció extraño no oír ningún tumulto, ningún grito. Ella también se estaba tomando su tiempo.
Afuera hacía frío, Javier se apretó en el gabán y comenzó una caminata triste.
Mientras dejaba el centro, se preguntó si todo aquello no era tan sólo un pequeño truco de la mente. Se preguntó si no habría comido solo, si en realidad no había estado hablando solo afuera del restaurante, bajo la nieve, como un idiota.
Estaba perdido en esas cavilaciones cuando notó, de improviso en su bolsillo, el frío y habitual tacto de esa otra mano.
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