Un mono moro subió al coro con una lata.
Dijo:
- En ésta lata tengo habichuelas, pero no las puedo ver.
Y se quedó mirando a lontananza, confundido. Los del coro se lo quedaron mirando.
El mono pareció recomponerse. Sacó su espada y se volvió hacia los coristas.
Se mostró dubitativo por un momento, luego empezó a arremeter contra los presentes. La sala se llenó de gritos, de sangre, de muerte. El mono siguió matando sin soltar, en ningún momento, la lata.
Luego de rato, indiferente a los gritos y a la sangre pero no a la duda, perdió interés en la matanza y la espada descansó en su hombro. Su mirada se volvió a perder.
Se sentó cuando sus rodillas se quejaron del peso.
Miró la lata. Y frunció el ceño.
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