El chamán vio cómo la marea de monos se acercaba hacia él y lo único que hizo fue meterse en la barcaza y atrancar la puerta. Adentro había una de esas vacas que habían pasado a ser humanas, aunque todavía hacía “mu” de vez en cuando.
- Ya se viene.
- ¿Y qué vamos a hacer? –preguntó la vaca, y mugió.
- Esperar que pase, como siempre.
La marea de monos llegó y azotó la nave. Contra el casco rebotaron mil cráneos de monos y hombros de mono, y piernas de mono. Los chillidos se hicieron ensordecedores.
Se tapó los oídos. No importaba cuanto lo resistía, siempre terminaban ganando.
La vaca humana permaneció inmutable, mirando la nada.
Cuando todo terminó, dijo:
- Ya te podés sacar las manos de las orejas.
El chamán lo hizo con sospecha. Nunca se podía estar seguro.
- Mierda, y eso que falta un mes para el cambio.
Se quedó en silencio mientras su cuerpo se orientaba. La vaca se levantó y caminó hacia el ojo de buey.
- Los monos aún no se retiran.
El chamán fue hacia la puerta y la abrió. Sobre él cayeron cuatro cuerpos peludos y ensangrentados, el olor era insoportable.
Miró la cubierta llena de cadáveres de mono, algunos seguían vivos. Habría que rematarlos y...
- Vela, -djo a la vaca, con un poco de asco- tenés trabajo.
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