Viene una época del año en que uno se siente deprimido, mete la mano en una pared y la atraviesa. Ahí puede sentir el tacto sólido de los ladrillos huecos y la arenilla del cemento que se desliza alrededor de los dedos.
- ¿Qué estás haciendo? -preguntó mi mujer.
Llevaba un canasto para ropa. Seguramente se dirigía al lavadero. O tal vez venía de allí.
Yo no le respondí. La miré, sí, pero volví a mirar la pared. En realidad, no podía resistir perder la vista y el resto de los sentidos en el tacto.
Se acercó con el canasto, metió la mano al lado de la mía.
Por un momento nuestros dedos se rozaron, generando una tensión erótica, casi sensual, pero luego los suyos perdieron interés y se dedicaron a explorar las concavidades y rugosidades del material, el polvo rojo mezclado con el cemento endurecido.
- Siempre se siente bien -dijo con placer.
- Si - dije yo.
Permanecimos así un tiempo, relajados en el interior del ladrillo. Luego el peso del canasto hizo que ella se retirara.
- ¿A qué hora pongo las milanesas? - preguntó.
- A la hora que te parezca. ¿Hay mayonesa?
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