Una vez tuvo el monstruo encima, Victoria se relajó.
- Ah –dijo- siempre que llego de casa y me baño, necesito tener éste mostro' encima.
Virginia miró a su novia, o al menos lo que se podía ver bajo esa capa peluda. Si hubiera visto su cara, hubiera visto la incredulidad reflejada.
Se dio vuelta y apagó el velador.
- No te enojes.
Virginia no dijo nada.
A Victoria no le gustaba que se enojara, pero menos no tener el monstruo encima.
Eran las doce. Virginia fumaba en la cama. En el umbral apareció Victoria, atándose la bata.
- ¿Ya está? –preguntó Virginia.
- Sí, ya. ¿No hay nada para comer? Tengo hambre
- En la heladera tenés unos omelettes.
- ¿Los calentamos?
- Yo no tengo hambre.
Victoria se apoyó en el marco de madera.
- Te pasa algo –afirmó.
- No, nada. - ¿Tenés celos del mostro?
- ¿Del mostro'? No. De que mi novia lo primero que haga sea meterse en la bañera con una cosa peluda antes siquiera de darme un beso, sí.
- Bueno, perdoná –dijo Victoria- No puedo evitarlo. Necesito ese mostro'.
- Sí. Bueno. ¿Querés que te haga de comer? –dijo Virginia sentándose.
- No, dejá. No necesito que me alimenten. –respondió Victoria y se marchó.
Virginia se quedó mirando el umbral vacío donde había estado Victoria. Luego la siguió de todos modos. Sí que tenía hambre.
Comentarios
Publicar un comentario