Intentaba gemir, pero no podía. Algo o alguien le había robado la voz.
Las embestidas de Miguel seguían dando en el blanco y hacían su trabajo bastante bien. Su cuerpo nadaba en el éxtasis, pero su cabeza había sido invadida por el terror. No podía gemir.
Intentó hablar. Miguel estaba por acabar.
Los gruñidos de él se hacían más intensos, más salvajes, pero ella, nada.
Tanto que Miguel, aunque dominado por la lujuria, nadando ya en un lago de esperma a punto de derramarse, percibió que algo andaba mal.
Terminó, eso sí. Un chorro caliente, tal vez dos, se perdieron en el fondo del útero. Abrió los ojos y vio los de ella, llenos de horror.
La agarró del brazo.
- ¿Qué pasa? –preguntó desesperado.
Pero no hubo respuesta. Sólo un intento ahogado por el más absoluto mutismo.
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