Marcelo cercenó la cabeza y la llevó a la mesa.
- Bueno, acá tenés.
- Uy, fresquita. -dijo Malena
- Sí, es de anoche.
Malena arrancó una oreja con movimiento experto y se la llevó a la boca. Marcelo ya estaba acostumbrado. Por más experto que fuera el movimiento, no era ninguna hazaña.
- Así que así están las cosas. Anoche hubo un traqueteo terrible acá. Pude rescatar éste bien grande.
- Uh, que bueno.
- Sí, pero no te vas a comer todo.
- No. Bueno, hablame de otra cosa. ¿Qué tal tu familia?
- No, la familia mal. Engancharon a mi primo robando de nuevo.
- ¿Y? ¿Zafa?
- No, parece que esta vez queda adentro.
- Uh, qué cagada. ¿Querés que haga algo?
- ¿Como qué? -se extrañó Marcelo.
- No sé, sacarlo.
- No, ni te molestes. Es un caso perdido.
Malena siguió comiendo. Después de la oreja, se mandó la lengua con idéntica facilidad que antes.
Marcelo sabía que era la parte que más le gustaba, así que la dejó comer en silencio.
Luego, Malena empezó a faenar las mejillas, la poca carne que había junto a las sienes.
Marcelo tuvo que preguntar:
- ¿Por qué la cabeza?
- ¿Qué?
- Que por qué la cabeza. ¿Por qué no un brazo o una pierna que tienen más carne? Malena se vio extrañada por un momento. Luego reaccionó.
- Ah, no, la verdad que no sé. A mí me gusta la cabeza.
- ¿No te es poco?
- No. Tengo suficiente.
Marcelo observó el estómago de Marcela y no pudo evitar decir:
- Estás un poco flaca.
- Así estoy bien.
Malena fue por los ojos.
A Marcelo era la única parte que le daba un poco de asco. Miró para otro lado.
- Perdoná -dijo Malena- pero son re ricos.
Marcelo volvió a mirar. No pudo evitar prestarle un poco de atención extra a la cabeza parcialmente devorada. Los pómulos arrancados, las cuencas vacías. Y el hueso que ya asomaba tímidamente.
Pero Malena se detendría antes de llegar a él.
Pensó nuevamente en lo que había preguntado antes. Y la verdad era que una cabeza tenía que ser suficiente.
Notó una cosa rara en el ojo izquierdo y cambió de tema.
- Me estoy quedando ciego -dijo de improviso.
- ¿Qué?
- Cada día veo menos.
- ¿Pero te dijeron algo? ¿Viste al médico?
- Todavía no. -dijo Marcelo.
- Bueno -sentenció Malena.
Y siguió comiendo.
Siguieron hablando de bueyes perdidos hasta que terminó.
Finalmente extrajo de su bolso una botella y bebió copiosamente. No era agua.
- Bueno, a ver tele y después a la cama.
- ¿Te quedás?
- A menos que tengas planes.
- Sabés que no.
Malena se puso de pie y empezó a caminar hasta el living.
Marcelo la vio irse de reojo y después se quedó mirando la cabeza descarnada y abandonada.
- ¿Venís? -preguntó Malena.
- Bueno, acá tenés.
- Uy, fresquita. -dijo Malena
- Sí, es de anoche.
Malena arrancó una oreja con movimiento experto y se la llevó a la boca. Marcelo ya estaba acostumbrado. Por más experto que fuera el movimiento, no era ninguna hazaña.
- Así que así están las cosas. Anoche hubo un traqueteo terrible acá. Pude rescatar éste bien grande.
- Uh, que bueno.
- Sí, pero no te vas a comer todo.
- No. Bueno, hablame de otra cosa. ¿Qué tal tu familia?
- No, la familia mal. Engancharon a mi primo robando de nuevo.
- ¿Y? ¿Zafa?
- No, parece que esta vez queda adentro.
- Uh, qué cagada. ¿Querés que haga algo?
- ¿Como qué? -se extrañó Marcelo.
- No sé, sacarlo.
- No, ni te molestes. Es un caso perdido.
Malena siguió comiendo. Después de la oreja, se mandó la lengua con idéntica facilidad que antes.
Marcelo sabía que era la parte que más le gustaba, así que la dejó comer en silencio.
Luego, Malena empezó a faenar las mejillas, la poca carne que había junto a las sienes.
Marcelo tuvo que preguntar:
- ¿Por qué la cabeza?
- ¿Qué?
- Que por qué la cabeza. ¿Por qué no un brazo o una pierna que tienen más carne? Malena se vio extrañada por un momento. Luego reaccionó.
- Ah, no, la verdad que no sé. A mí me gusta la cabeza.
- ¿No te es poco?
- No. Tengo suficiente.
Marcelo observó el estómago de Marcela y no pudo evitar decir:
- Estás un poco flaca.
- Así estoy bien.
Malena fue por los ojos.
A Marcelo era la única parte que le daba un poco de asco. Miró para otro lado.
- Perdoná -dijo Malena- pero son re ricos.
Marcelo volvió a mirar. No pudo evitar prestarle un poco de atención extra a la cabeza parcialmente devorada. Los pómulos arrancados, las cuencas vacías. Y el hueso que ya asomaba tímidamente.
Pero Malena se detendría antes de llegar a él.
Pensó nuevamente en lo que había preguntado antes. Y la verdad era que una cabeza tenía que ser suficiente.
Notó una cosa rara en el ojo izquierdo y cambió de tema.
- Me estoy quedando ciego -dijo de improviso.
- ¿Qué?
- Cada día veo menos.
- ¿Pero te dijeron algo? ¿Viste al médico?
- Todavía no. -dijo Marcelo.
- Bueno -sentenció Malena.
Y siguió comiendo.
Siguieron hablando de bueyes perdidos hasta que terminó.
Finalmente extrajo de su bolso una botella y bebió copiosamente. No era agua.
- Bueno, a ver tele y después a la cama.
- ¿Te quedás?
- A menos que tengas planes.
- Sabés que no.
Malena se puso de pie y empezó a caminar hasta el living.
Marcelo la vio irse de reojo y después se quedó mirando la cabeza descarnada y abandonada.
- ¿Venís? -preguntó Malena.
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