Había una vez, en un vecindario de La Reja, un pájaro catador.
Al aparecer y declarar sus habilidades, los vecinos le armaron una mesa en el final de una calle poco transitada, con varias copas y botellas sin rótulo ante sí. Un ayudante le serviría el vino y reemplazaría las botellas cuando se acabaran.
La gente se empezó a agolpar para verlo.
- ¡Malbec del 38! - decía.
Y así iba adivinando, tan sólo introduciendo su pico.
Incluso de noche, cuando no había nadie, el pájaro seguía en lo suyo.
En un momento, alguien se percató de que el animal dormía bien poco. Intentó convencerlo de que echase una siesta, una tarde de domingo en que el público era mas bien poco.
El pájaro no quiso saber nada.
- ¡Cabernet Sauvignon! -gritó.
Y los aplausos corrieron.
Los días fueron pasando y el pájaro empezó a desmejorar de forma evidente.
Una noche, a la orden de un médico que lo quería examinar, unos vaqueanos intentaron tomarlo por asalto, pero la bestia se defendió a picotazos. El vino y la cata, al parecer, tenían una prioridad enfermiza en el ave. Así fue como continuó catando, durmiendo cada vez menos, llegando algunas veces a estar absolutamente borracho.
El espectáculo fue perdiendo la gracia hasta transformarse en un verdadero horror.
Las autoridades fueron invadidas con petitorios. Debía ponerse fin cuanto antes y mediante cualquier medio a tan aberrante demostración. La única acción tomada derivó en la perdida de un ojo. De modo que no hubieron nuevos intentos.
Nada pudo alejar al bicho de la bebida.
El pueblo se rindió a lo inevitable.
El fin se acercaba.
La gente volvió a ocupar la calle.
Haciendo silencio, observaron cómo el pájaro daba sus últimos sorbos.
Una tarde nublada de Abril, el aire se estremeció con un grito triunfante y agónico:
- ¡Syrah, joven, "96 o algo así!
Y pereció.
La singular criatura fue sepultada con honores en el cementerio municipal.
Hoy yace bajo una brillante estructura de cerámica color uva.
Al aparecer y declarar sus habilidades, los vecinos le armaron una mesa en el final de una calle poco transitada, con varias copas y botellas sin rótulo ante sí. Un ayudante le serviría el vino y reemplazaría las botellas cuando se acabaran.
La gente se empezó a agolpar para verlo.
- ¡Malbec del 38! - decía.
Y así iba adivinando, tan sólo introduciendo su pico.
Incluso de noche, cuando no había nadie, el pájaro seguía en lo suyo.
En un momento, alguien se percató de que el animal dormía bien poco. Intentó convencerlo de que echase una siesta, una tarde de domingo en que el público era mas bien poco.
El pájaro no quiso saber nada.
- ¡Cabernet Sauvignon! -gritó.
Y los aplausos corrieron.
Los días fueron pasando y el pájaro empezó a desmejorar de forma evidente.
Una noche, a la orden de un médico que lo quería examinar, unos vaqueanos intentaron tomarlo por asalto, pero la bestia se defendió a picotazos. El vino y la cata, al parecer, tenían una prioridad enfermiza en el ave. Así fue como continuó catando, durmiendo cada vez menos, llegando algunas veces a estar absolutamente borracho.
El espectáculo fue perdiendo la gracia hasta transformarse en un verdadero horror.
Las autoridades fueron invadidas con petitorios. Debía ponerse fin cuanto antes y mediante cualquier medio a tan aberrante demostración. La única acción tomada derivó en la perdida de un ojo. De modo que no hubieron nuevos intentos.
Nada pudo alejar al bicho de la bebida.
El pueblo se rindió a lo inevitable.
El fin se acercaba.
La gente volvió a ocupar la calle.
Haciendo silencio, observaron cómo el pájaro daba sus últimos sorbos.
Una tarde nublada de Abril, el aire se estremeció con un grito triunfante y agónico:
- ¡Syrah, joven, "96 o algo así!
Y pereció.
La singular criatura fue sepultada con honores en el cementerio municipal.
Hoy yace bajo una brillante estructura de cerámica color uva.
Comentarios
Publicar un comentario